Un día decidí montarme en la ruleta que me llevó hasta Oruro, un pueblo que ni siquiera sabía que existía, pero que luego de años lo tengo entre el mejor de los recuerdos de mis viajes.
Allí estuve dos días, obligada a dormir en un carro dentro de un parqueadero, y a medio bañarme, porque fue imposible encontrar cupo en un hotel, o al menos en uno que amortiguara nuestro presupuesto. Pero eso no importó, pues la misión era una sola: disfrutar de los Carnavales de Oruro. Y la misión se cumplió mejor de lo pensado.
En los entierros y carnavales los pueblos se trasforman. Las danzas, la música, los coloridos vestidos, las máscaras y grandes penachos, y el desfile de las que parecen interminables comparsas, revolucionan a Oruro. Miles de turistas de todas partes llegan para conocer una celebración milenaria, en la que el folclore de la tierra boliviana hierve.
Para los participantes han sido meses de trabajo, de ensayos, de elaboración de sus vestimentas y de mucho esfuerzo económico para asistir a esta gran fiesta, que cada febrero ese pueblo minero la realiza en honor a la Virgen del Socavón.
Aunque la celebración dura más de una semana, yo pude participar en algo así como el día de cierre, en el que miles de bailarines y bandas musicales desfilan sin cesar; un grupo tras otro y otro y otro aparecen a lo largo de una gran calle. De todas partes salen bailarines… hombres, mujeres, unos más jóvenes otros ancianos y hasta niños… Todo el mundo quiere bailar y para eso se preparan casi todo el año. Cada danza tiene su nombre y significado, pero las más tradicionales son la de la Diablada y los Caporales.
Y como el homenaje es a su virgencita, no pueden faltar en el desfile los carros forrados en decenas de imágenes elaboradas en plata, que representan la mejor de las ofrendas de los mineros a su patrona. Es único, algo así como un museo rodante, algo que mis ojos no habían visto ni han vuelto a ver.
Luego de un extenso recorrido de no menos de 4 kilómetros y al menos 20 horas, bailarines, músicos, carros y turistas llegan al Santuario del Socavón donde se venera a la virgen. Allí, el festejo no termina, pero al menos el homenaje a la patrona se ha cumplido con todos los honores.

Con alegría leí estas líneas que me recordaron ese viaje tan grato hace tanto tiempo ya, linda tierra de colores y máscaras misteriosas que hacen que cada vez quiera retornar a esa linda tierra orureña, cuna del folklore andino boliviano y que traspasa fronteras haciéndose una marca latina de exportación.
ResponderEliminarAmparito!!! Me encanta que tenga un blog, ¡Bienvenida! que delicia será leerla. Y ya quiero ir a Oruro. Abrazo!!
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