Se compra, se come, se bebe, se estrena, se gasta y se endeuda sin límites. ¿Finalmente, qué celebramos como Navidad?
Qué pasó con nuestra fe, sin importar nuestro credo; con la época de ser solidarios y compartir con el otro; con el momento de autorreflexión, de reconciliación…
Aún me falta mucho para volverme vieja y aún no he perdido el gusto por algunas cosas que heredé desde la cuna, como la celebración de la Navidad. Lo que pasa es que lo visto en las calles de mi ciudad durante estas festividades me llevó a pensar que estábamos dando la bienvenida al fin del mundo, en el que la insensatez, el hastío y la locura eran las sentencias a seguir.
Sin duda, aún me queda mucho de moderación y razón para no permitir que ‘el fin del mundo’, cada diciembre, me arrase a su paso.