lunes, 2 de enero de 2012

Y el fin del mundo no llegó

La Navidad dejó de ser lo que alguna vez me correspondió vivir. El comercio ofrece cuanto cachivache existe o se inventa para la Navidad. La gente sale despavorida a las calles las dos primeras semanas de esta temporada a gastar y malgastar su dinero como si el mundo se fuera a acabar. Parece ser que la consigna fuera que el que no consuma el mundo lo consume.
Se compra, se come, se bebe, se estrena, se gasta y se endeuda sin límites. ¿Finalmente, qué celebramos como Navidad?   
Qué pasó con nuestra fe, sin importar nuestro credo; con la época de ser solidarios y compartir con el otro; con el momento de autorreflexión, de reconciliación…
Aún me falta mucho para volverme vieja y aún no he perdido el gusto por algunas cosas que heredé desde la cuna, como la celebración de la Navidad. Lo que pasa es que lo visto en las calles de mi ciudad durante estas festividades me llevó a pensar que estábamos dando la bienvenida al fin del mundo, en el que la insensatez, el hastío y la locura eran las sentencias a seguir.   
Sin duda, aún me queda mucho de moderación y razón para no permitir que ‘el fin del mundo’, cada diciembre, me arrase a su paso.


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